Hay una fuerza en el lenguaje, porque somos seres lingüísticos. En el lenguaje habitamos y él nos habita y nos conforma. Estamos expuestos y expuestas a él, incluso antes de poder hablar, y esa exposición implica la posibilidad de vivir vidas precarias en razón de no acceder al derecho a la aparición, a la inteligibilidad, a la visibilización. Porque en el lenguaje —y por el lenguaje— se dibujan los mapas de hegemonía que determinan quién es legible dentro de sus fronteras y quién quedará fuera, más vulnerable a la violencia y a la discriminación.
Por lo mismo, el lenguaje es un espacio de resistencia y militancia. Un “territorio en disputa”, un escenario donde se despliegan los poderes y, por lo tanto, los contrapoderes.
Performatividad y precaridad. Cambiar lenguajes. Cambiar mundos se mueve en la intersección de la Filosofía del lenguaje y la Ética lingüística, analizando en profundidad las propuestas de John Austin y Judith Butler, en sus múltiples líneas de fuga hacia Austin, Searle, Pierce, Wittgenstein, Derrida, Foucault, Irigaray, Wittig, Preciado, entre otros y otras filósofos y filósofas.
Las utopías de un mundo más amigable para todos, todas y todes deben comenzar por algún lado y el lenguaje puede ser el lugar por donde comenzar. Cambiar los lenguajes, acaso, podrá ser una de las tantas formas de cambiar el mundo: desarticular, deconstruir, desarmar, desaprender, interrumpir, trastocar, crear espacios contrahegemónicos en donde cada vida valga, independientemente de su género, su sexo, su identidad autopercibida o su nombre, el que le dieron al nacer o el que eligió tener.





Valoraciones
No hay valoraciones aún.