Pensemos por un momento en la Teología Sistemática. ¿Qué nombres vienen a nuestra mente cuando lo hacemos? Con toda seguridad, nombres de hombres.
Pensemos ahora en grandes movimientos que sacudieron los cimientos de la Teología: ISAL, Teología de la Liberación, Teología de la Misión Integral, por hablar de algunos surgidos en Latinoamérica: ¿qué nombres asociamos a los orígenes de semejantes revoluciones de pensamiento? ¿Hay mujeres? Ciertamente no en los orígenes. Estos movimientos fueron monoparentales: solo tuvieron “padres”.
Las mujeres irrumpen masivamente en el quehacer teológico a través de los movimientos feministas, en todas sus variantes e interseccionalidades: pensar a Dios a través de los ojos de la mujer, pensar a la mujer, pensar el género y la diversidad, pensar a la mujer en la Biblia y en la iglesia, pensar a Dios desde Abya Yala. El aporte es inmenso y no hace falta que se reivindique: ya tiene un lugar en la historia grande del pensamiento y la reflexión.
Teología indisciplinada, mientras tanto, es una teología hecha por una mujer que se atreve a pensar en temas que, parece, siguen siendo un nicho masculino. Propone esa insurgencia y esa rebeldía y otras: la de pensar a Dios con rigurosidad, pero con lenguaje llano, la de pensar a Dios de manera asistemática, fluyente y abierta al cambio, la de pensar la Teología Sistemática y ponerla en entredicho, en fin, propone la indisciplina como método. No es la palabra conclusiva de la disciplina teológica, sino el balbuceo frente al misterio, el asombro. Es una invitación a pensar, a poner en cuestión, a dudar sin culpa. No es una Teología Sistemática, ni tiene esa pretensión: la toma como base y repasa los grandes temas de la teología sin esperar que encajen, que “hagan sistema” que “cierren”, a costa de forzarlos con violencia.
Escribir Teología indisciplinada es un atrevimiento liberador. Leerlo, también.





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